The dreamers: atrapando la juventud perdida

Me encanta ver películas diferentes, adoro que el cine, la literatura, la filosofía y el arte en general rompa mis esquemas. Que acabe con todo aquello que creía saber y me muestre caminos alternativos, a veces maravillosas, otras oscuros y siniestros y casi siempre emocionantes.

Los Soñadores de Bertolucci es una de esas raras joyas que llega para desequilibrarte la mente. A mi me recuerda a un diálogo inmortal de Martin Hache (nota mental: escribir sobre esta película).

“De qué sexo sean en realidad me da igual, es lo que menos me importa. Me puede gustar un hombre tanto como una mujer. El placer no está en follar. Es igual que con las drogas. A mí no me atrae un buen culo, un par de tetas o una polla así de gorda; bueno…, no es que no me atraigan, claro que me atraen, ¡me encantan! Pero no me seducen, me seducen las mentes, me seduce la inteligencia, me seduce una cara y un cuerpo cuando veo que hay una mente que los mueve que vale la pena conocer. Conocer, poseer, dominar, admirar. La mente, Hache, yo hago el amor con las mentes. Hay que follarse a las mentes” Dante en Martin Hache

The Dreamers, es una obra del genial y controvertido maestro del cine, Bernardo Bertolucci. Matthew es un joven norteamericano enamorado del cine, del cine en general, del francés en particular. Y, persiguiendo ese amor incondicional, se va a pasar una temporada a París. Acude cada noche a ver sus películas favoritas, a sentirse parte de un movimiento cultural único que empieza a crecer entre los jóvenes aunque nadie, todavía, sabe lo lejos que llegará.

Allí, en el portón de la Cinemateca francesa, situada en el palacio de Chaillot, conoce un día a Isabelle que está encadenada para protestar por la destitución de Langlois. El arte no se puede controlar, no se puede prohibir, no se puede apagar. Isabelle tampoco. Ese día conoce a su hermano mellizo Theo y lo invitan a formar parte de su propio universo.

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Desde fuera, dos niños ricos acogen a un pobre norteamericano que no sabe nada de la vida, del amor ni de la cultura. Ellos son hijos de un famoso poeta. Han crecido rodeados de libros, en una casa en la que hasta la más sencilla cena se convierte en todo un debate filosófico. Matthew siente que ha encontrado su sitio en el mundo, las personas con las que ser tan culto como siempre quiso. Lejos de su familia, de la mediocridad, de la guerra.

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Bertolucci nos enseña que el cine es como mirar a través de una cerradura, y ahí, escondidos, observamos todo lo que supone ser joven y cinéfilo en el París que se acerca a la Primavera del 68. Poco a poco, a medida que conoce a los dos hermanos empieza a descubrir gestos, caricias secretas, intimidades incomodas que le repelen pero a la vez le atraen. Los soñadores no va de incesto, ni de un trio, ni del poliamor que surge como alternativa al arcaico modelo de amor romántico.

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– ¿Qué estàs haciendo? 
– Memorizando cada rincón, en mi futuro, en el recuerdo, viviré a menudo en esta habitación.”

No, esta película es mucho más, es una oda al deseo, a la sexualidad, a la belleza incorruptible, a la juventud que se escapa. Porque todos los escritores, los directores de cine, los artistas persiguen lo mismo: capturar la juventud.

Una juventud que Bertolucci plasma en una Eva Green sublime. No es una película para todos los públicos porque habrá quien la vea queriendo etiquetarla, prohibirla, censurarla, reducir su magia a palabras que suenan a pecado a delito. Es una cinta para auténticos soñadores, para aquellos que ven la magia en el cine clásico y son capaces de pasarse horas divagando sobre sus historias favoritas. Discutiendo sobre quién es mejor ¿Chaplin o Keaton?  y jugando a recrear escenas inolvidables.

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Me apasionan ese tipo de personas. Las que saben que hay todavía demasiados libros por leer, muchas preguntas filosóficas sin respuesta e infinitas películas en el cajón de historias pendientes. Esas personas amarán la historia que rompe los esquemas de Matthew mientras París se resquebraja y los jóvenes salen a las calles a pedir una revolución que parece que nunca llegará. Pero, en el instante más oportuno y sin previo aviso sucede:

“La calle ha entrado por la ventana” dice Isabelle y sabemos que es cierto. Y el mundo, su mundo, no volverá a ser el mismo después de ese momento.

 

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