Hasta que llegue el último tango en París

¿Qué es una obra maestra?, existen películas que desde su estreno gozan del prestigio, la fama y el favor de público y crítica. Algunas no conservan mucho tiempo su estatus y terminan cayendo en el olvido mientras que otras conservan ese título y pasan a formar parte del grupo de inmortales. Es difícil definir qué hace de una película una obra maestra, no es sólo mérito de los actores, el director y la puesta en escena, también influye cómo y dónde se cuenta la historia, o en muchos casos simplemente son historias diferentes e innovadoras que en su momento causaron expectación. Bertolucci era todo un experto en conseguir que sus películas no pasaran desapercibidas.

El último tango en París está considerada por muchos una de estas historias insólitas, cuenta con un factor importante para el éxito, un Marlon Brando maduro que tenía a sus espaldas éxitos como El padrino o Un tranvía llamado deseo, y sucedía en una ciudad especial, París. En su época se tuvo que enfrentar a la censura de una sociedad conservadora que veía como un ataque peligroso la extraña historia entre los dos protagonistas, en la que el sexo, la violencia y la sumisión existentes escandalizaban a un mundo con muchos prejuicios todavía.

Es tan extraña, tan difícil y dolorosa que siempre ha sido una de mis películas favoritas. Hace muchos años tuve la oportunidad de disfrutarla en la gran pantalla dentro del Ciclo de Retroback Iconos del celuloide: Marlon Brando en el Teatro Isabel la Católica de Granada. Una cinta que tuvo que resignarse a que la censura evitase su paso hacía muchas salas y que yo pude disfrutar como si fuera la primera vez que se proyectaba. Qué curioso y mágico el cine, cada vez, es como si fuera la primera vez.

Dirigida por Bernardo Bertolucci se estrenó en 1972 con Marlon Brando y María Schneider como protagonistas. Jeanne (María Schneider) es una actriz amateur de 20 años que está a punto de casarse, una fría mañana de invierno acude a alquilar un apartamento y allí conoce a Paul (Marlon Brando) un hombre de 45 años atormentado por el pasado. Dos desconocidos a quiénes la atracción que sienten les lleva a comenzar una relación sexual en la que la principal norma será no saber nada el uno del otro. Paul consigue alquilar el apartamento y empieza a verse allí, poco a poco Jeanne descubre en Paul a un hombre dominante y en ocasiones agresivo que vuelca en ella su frustración y soledad. El novio de Jeanne, un joven director de cine (Jean Pierre Léaud) es la calma, y el pasaporte para una vida políticamente correcta que la salvará de hundirse en el vacío que esconde Paul. Un camino de autodestrucción que terminará arrastrando a los protagonistas.

 

No sé si esta película es una obra maestra, solo sé que me gusta y me fascinó la primera vez que la vi. Marlon Brando eclipsa la pantalla haciendo suyo un personaje que, mediante unos diálogos que han pasado a la historia, transmite toda la soledad y el desconsuelo. Ante el cadáver de su mujer, Marlon nos brinda la interpretación de su carrera, un monologo sobre la desesperanza más profunda de un hombre al que ya no le queda nada.

Sin embargo, cuando veo esta película pienso en María Schneider y valoro el trabajo de una actriz que debutó a la sombra de un icono del cine que era demasiado grande, y lo sabía, una mujer a la que la vida, la sociedad y sus propios compañeros de película castigaron por una película que llegó en un tiempo que no era el suyo.

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